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¿Por Qué La Relación Con Otros Depende De Nuestra Infancia?

Autor: Paola Erazo

El tener vínculos que solo generan malestar es una vivencia que resulta muy incómoda, ya que crea un gran dolor en la vida. Las personas que vivencian de esta manera su vida afectiva se preguntan por qué ocurre esto y qué es lo que podrían hacer para simplemente lograr una relación que genere mayor satisfacción, sin entender que para que eso suceda se necesita ser conscientes del complejo proceso de defensa psicológica que interviene para provocar esta situación.

Cientos de inquietudes aparecen en nuestra cabeza cuando tratamos el tema de los afectos y la relación con los otros, nos preguntamos muchas veces ¿Por qué amamos de la manera como lo hacemos?, ¿Qué nos lleva a vincularnos o a tener apegos con algunas personas de la manera como lo hacemos? y casi siempre pensamos que la repuesta está en nuestra vida actual, sin saber que en realidad la calidad del apego y la del vinculo afectivo la creamos al estructurarnos cuando somos apenas unos niños.

De algún modo, todos quedamos condicionados en cierta medida por las dinámicas construidas con nuestros  padres, que son nuestros cuidadores primarios. La forma como nos tratan y nos aman cuando somos niños, marcará de una forma importante nuestras futuras relaciones sean estas de pareja, trabajo, amistad, etc.

Lo que va a determinar el desarrollo cerebral y emocional de un individuo es la relación con estos cuidadores primarios. Si la relación ha sido afectuosa, cercana y respetuosa eso marcará un camino diferente a si hemos crecido con padres negligentes, violentos y fríos. Pero no fue hasta finales de los años ochenta cuando los psicólogos Cindy Hazan y Phillip Shaver concluyeron que, en las relaciones amorosas de cada individuo, se reproducen las relaciones de apego que vivió en la infancia.

Hazan y Shaver (1987) plantearon que amamos tal y como nos amaron y que, en esto, la teoría del apego de Bowlby ofrece un marco de referencia inigualable, ya que el psicoanalista y psiquiatra logró estudiar en la infancia cómo es que los individuos mostramos la manera de relacionarnos en base a lo que él llama el apego. Tanto el enamoramiento, como el mantenimiento de un vínculo, el miedo al abandono y las rupturas pueden explicarse con los pilares básicos de la teoría del apego. Esta teoría del apego es la que nos explica por qué hay personas que al momento de relacionarse presentan mucha angustia y dificultad frente a situaciones como los celos o a la posibilidad de una ruptura. Mientas que otras personas le huyen a relaciones demasiado expresivas y cercanas y a cualquier tipo de relación que exija compromiso.

Si durante la infancia no hemos recibido seguridad, atención y afecto de una manera saludable y adecuada, es muy probable que nuestro apego sea un apego no seguro. Y, tengamos que repararlo en nuestra adultez para que no nos genere malestar en nuestras relaciones adultas.

Por otro lado, también es importante entender que la conexión emocional que existe entre los padres afecta tanto a la crianza de los hijos como al futuro de estos. Es decir, ser testigos de la relación que establecieron nuestros progenitores entre ellos también puede mediar en la manera en que entendemos el amor de pareja. Ya que es de esa pareja primaria de quienes introyectamos lo que significa el amor y como este se debe expresar.

Desde la teoría de Bowlby se han definido cuatro tipos de apego del niño a sus cuidadores primarios, que al crecer serán las que se reproducen en sus relaciones de adulto.

Apego seguro.  Se presenta cuando la figura cuidadora se preocupa sinceramente por el bebé, entiende y atiende sus necesidades sin ser invasiva ni tampoco negligente. Transmite al niño afecto, respeto y cuidado, facilitando su progresiva autonomía. Este tipo de apego es aquel que en la vida adulta nos ayudará a relacionarnos de manera madura y segura con el otro, logrando mantener una buena comunicación y una sana individualidad frente a la pareja.

Apego evitativo.  Para que este estilo de apego se desarrolle, la figura cuidadora es una figura hostil o fría hacia las demandas afectivas del niño porque las considera excesivas, caprichosas o inapropiadas y rehúye o raciona el contacto físico con el bebé. Considera estas necesidades como una debilidad que es necesario educar con disciplina, a base de privaciones y dosificación del cariño. En el futuro la persona con este tipo de apego se mostrará distante, poco comunicativo y afectivo, desarrollando relaciones en las cuales la pareja se queja constantemente de no ser amado/a.

Apego ansioso La figura cuidadora muestra una actitud imprevisible para el niño, originada por dificultades que sufre ella misma. No es que rechace al bebé, sino que unas veces se muestra indiferente y lo ignora, y otras se muestra cariñosa, alegre, equilibrada y atenta a sus necesidades. Esta actitud impredecible genera mucha ansiedad en el niño, quien, privado de patrones comprensibles, no entiende por qué unas veces sus necesidades, incluso las básicas,  son desatendidas y otras veces son los reyes de mamá.

En el futuro la persona con apego ansioso se relacionará desde la ansiedad, la preocupación e incluso desde la dependencia emocional del otro. Motivos por los cuales se vuelve complaciente, invasivo con su pareja. Será una persona con poca necesidad de espacios personales por miedo a que la pareja lo deje o lo abandone.

Apego desorganizado. Es el tipo más patológico de apego. La figura cuidadora es gravemente insensible o manifiesta actitudes violentas hacia el niño. El bebé no puede sobrevivir sin ella, que es al mismo tiempo una amenaza: esta dinámica paradojal le provoca un colapso psíquico traumático. Son niños llenos de dolor, miedo, agresividad, sentimientos de ambivalencia, inseguridad… que recurren al bloqueo emocional y la disociación para poder sobrellevar su realidad. A fututo serán personas con poca capacidad de relacionarse de manera adecuada, ya que esta ambivalencia frente al vinculo no les deja mantener una relación donde se manifieste un equilibrio en ningún aspecto.

Como hemos visto, en función del tipo de apego que hayamos desarrollado en nuestra infancia nos relacionaremos de una manera u otra en nuestras relaciones en la adultez. Durante la primera etapa de la vida vamos aprendiendo diferentes ¨estrategias¨ para mantener a nuestro lado a nuestras figuras de apego. Por ensayo y error aprendemos qué debemos hacer o dejar de hacer para que la figura de apego permanezca a nuestro lado. Podemos seguir creciendo en años, pero este patrón a la hora de relacionarnos se suele mantener estable, como si fuéramos aun unos niños.

Sin embargo, claro que es posible reparar nuestro tipo de apego. Y, por supuesto, podemos aprender a vincularnos de una manera más saludable con las personas con las que nos vayamos encontrando en nuestra vida adulta. No obstante, esto es un proceso que suele requerir la ayuda de un profesional de salud mental especializado para poder reprogramar esa historia con nuestros cuidadores primarios y así sanar experiencias de trauma que son las que nos llevaron a este estilo de relacionamiento.

También, a lo largo de nuestra vida nos vamos a ir encontrando con personas con distintos estilos de apego (amigos/as, compañeros/as de trabajo, etc.). Las personas con un apego seguro podrán darnos a conocer una manera diferente de relacionarnos si hemos crecido en un apego no seguro (evitativo, ansioso o desorganizado). Podrán ser nuevos modelos para nosotros a través de los cuales poder aprender a relacionarnos sin miedo. Y, desde la absoluta calma.

Es por ello que estadísticamente vamos a encontrar más personas con apego evitativo, ansioso y desorganizado durante la adolescencia y juventud, mientras que en la edad adulta tendemos a ver una mejora en el porcentaje de apego seguro en las relaciones. Esto se debe a que muchas personas hacen un trabajo terapéutico o logran aprender de sus experiencias de vida una mejor manera de relacionarse con los otros.

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